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BOLETIN INFORMATIVO |
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Luego de los sucesos acaecidos en la U.C.V. en el mes de marzo del presente, pareciera que el tema de la transformación de la
Universidad pública nacional, va a ser objeto de futuros debates. Debemos ser optimistas sobre esta materia. Fatigado se encuentra
el país del bizantino diagnóstico que tradicionalmente ha enfatizado en una
Universidad aislada, desconectada y de espaldas a los grandes problemas de la
nación. Esa visión debe superarse. Pero debe hacerse desde la óptica que
nos habla de un proceso irreversible de cambio. Los universitarios tenemos
que interiorizar la idea de la transformación como un mandato que nos impone
el país, y no como acción de una coyuntura política particular. Nuestra gran misión consiste en repensar la universidad en el
marco de un conjunto de nuevas realidades. Lo primero es abordar, actividad
por cierto ya encaminada por otras universidades, es la relativa a una
exhaustiva auditoría académica. Esto último resulta imprescindible para que
la transformación tenga asidero. La autoevaluación debe hacerse sin prejuicios y sin complejos.
Debemos precisar el perfil del docente investigador que la universidad del
futuro exige. Desde el ingreso hasta el diseño de una carrera personal,
resultan tareas de primer orden. La universidad debe ponerle coto a la moda
práctica que consiste en hacer radiografía de un hipotético aspirante, cuando
anuncia la realización de un concurso de oposición. De igual forma, la
universidad debe esforzarse en construirle al docente que ingresa, su carrera
profesional sobre la base de las actitudes y destrezas reales, y en especial,
en todo lo que apunte a su específica vocación intelectual. Esas son acciones
objetivas, mediante las cuales, las universidades pueden iniciar un proceso
concreto hacia la transformación. La retórica no tiene cabida en este
tránsito indetenible. Tampoco son los vaivenes de nuestra política nacional lo que
debe animar el proceso de transformación universitaria. No es la ingenua
acción de otra fecha en el calendario lo que exige a las universidades un
nuevo rostro. Es la idea de un futuro incierto para todas las naciones, lo que
está retumbando en las aulas universitarias para que estas se inserten en
nuevos escenarios socio-políticos y económicos. No es una Ley de Educación
Superior que amenaza el quiebre de ciertos privilegios universitarios que
reclaman una nueva postura; es fundamentalmente, un nuevo ciclo histórico en
donde el saber se ha convertido en el elemento esencial para ser más
competitivos. No entender que las universidades se hicieron para construir la
ciencia que articula el progreso, es abandonar esta oportuna coincidencia en
la que todos hemos considerado como de impostergable: transformamos para el
futuro acompañando al país en sus retos. Prof. Antonio Romero Milano. |
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